Por Pablo Medina Pérez
Universidad San Francisco de Quito
Tras expresar mi agradecimiento por la invitación a comentar este primer boletín, quiero señalar que los planteo desde un perfil fundamentalmente cuantitativo (que es mi especialidad), lo que probablemente inclina mi mirada hacia los aspectos metodológicos y de medición, de modo que pido disculpas de antemano si insisto demasiado en ellos.
Permítanme empezar con una afirmación contraintuitiva: una ciudad que no produce conflictos no es una ciudad pacífica. Es una ciudad muerta, o subyugada. El conflicto no es un fallo del sistema político. Es su señal vital. Es aquello para lo que un sistema político se crea, o aquello frente a lo cual emerge: gestionar y mediar entre las tensiones de una sociedad. El conflicto es la forma en que una comunidad comunica que algo no funciona, que hay una demanda no procesada, una tensión no resuelta, una fractura que el orden institucional todavía no ha logrado encauzar. Cuando ese mecanismo se bloquea, la tensión no desaparece: se acumula. Y cuando se acumula sin salida institucional, el costo político y social de su eventual expresión es mucho mayor.
Desde esa lectura, lo que MOVIMIENTOS presenta hoy no es simplemente un registro de las protestas del primer trimestre de 2026. Es un instrumento de inteligencia política para la gestión democrática de la ciudad, tanto por parte del gobierno como de la ciudadanía. Ese es, en mi criterio, su aporte más relevante.
Una democracia que reconoce el conflicto
El boletín parte de una premisa teórica que vale la pena subrayar con precisión, porque no siempre se enuncia con esta claridad en los análisis de conflictividad: la democracia no tolera el conflicto a pesar de sí misma; lo reconoce como un elemento constitutivo de las relaciones entre el Estado y la sociedad. El mérito del Laboratorio está en operacionalizar ese “afuera constructivo de la democracia” del que habla Mouffe y traducirlo a una matriz analítica medible. Es el paso que va de la reflexión filosófica a la herramienta de análisis y, al darlo, el trabajo cumple con la primera función de todo laboratorio: hacer tangible lo teórico.
La definición operativa que adopta, tomada de Tilly, tiene tres virtudes que conviene destacar. Primero, es interactiva: el conflicto no existe en un actor aislado, sino en la relación entre actores. Segundo, es colectiva: no se limita a las organizaciones formales, lo que permite capturar formas emergentes de agregación social, ese 21,8 % que el boletín agrupa como “ciudadanía, familiares, muchedumbre” y que corresponde precisamente a las irrupciones que los sistemas de alerta temprana dejan escapar con más frecuencia. Tercero, es pública y visible: atiende a los conflictos que se tramitan en escalas microlocales o en circuitos institucionales poco visibles, que son justamente los que el Laboratorio busca capturar.
Sobre esa base, MOVIMIENTOS construye cuatro campos analíticos interrelacionados: los actores, el objeto de las demandas, los modos de acción y el procesamiento del conflicto. La matriz es robusta. Su fortaleza está en la coherencia interna entre las dimensiones y en su capacidad para articular distintas escalas, del barrio a la nación.
Quiero añadir una dimensión que el marco teórico deja disponible, pero que todavía no explota. El posicionamiento del Laboratorio se describe como estructural y relacional, y eso es correcto y legítimo. Pero la misma arquitectura de datos que produce este boletín es perfectamente compatible con una lectura desde el neoinstitucionalismo económico y la teoría de la interacción estratégica. Los actores que el boletín identifica no solo responden a estructuras: calculan, anticipan, coordinan y adaptan sus repertorios en función de lo que esperan de los demás actores y de las instituciones que enmarcan el juego. Eso no contradice el enfoque de MOVIMIENTOS; lo enriquece. Y abriría una línea de trabajo muy fértil para entender, por ejemplo, por qué ciertos actores prefieren los comunicados digitales antes que las marchas, o por qué la conflictividad sobre Quito se concentra en febrero y no en marzo. La respuesta no es solo estructural: también es estratégica.
El núcleo metodológico y sus desafíos
Paso ahora a la estrategia metodológica, que es donde, a mi juicio, se encuentra el núcleo más innovador del trabajo y, a la vez, donde se concentran los desafíos más importantes hacia adelante.
MOVIMIENTOS hace minería de datos sobre X, procesa las publicaciones de medios y portales seleccionados y construye una base de eventos mediante un flujo en tres capas: datos crudos, datos limpios y datos refinados. Ese flujo, con apoyo de modelos de lenguaje y validación experta, produce una base auditable y reproducible. Es un estándar metodológico poco frecuente en la región y merece reconocimiento explícito.
Dicho esto, quisiera señalar tres desafíos. El primero es el sesgo de selección. La fuente primaria es X, lo que significa que los eventos que no llegan a esa plataforma no entran en la base. El “subsuelo de lo político” del que habla el propio boletín podría quedar sistemáticamente subrepresentado. Eso no invalida el instrumento, pero obliga a ser muy cuidadosos al afirmar qué es lo que se está midiendo: no la conflictividad de Quito, sino la conflictividad de Quito que se representa en X. El problema se resuelve en parte con el análisis de registros oficiales; aun así, en el corto y mediano plazo sería muy valioso ampliar las plataformas sobre las que se realiza la minería de datos.
En este punto veo un espacio natural de colaboración. Desde el USFQ_DataHub hemos trabajado en minería de datos sobre prensa digital para el Índice de Incertidumbre Política del Ecuador, y próximamente lanzaremos un índice similar sobre percepción de corrupción. Esa experiencia sugiere que ampliar la minería a otras plataformas, a la prensa regional y a los archivos de medios históricos puede reducir de manera significativa el sesgo de selección. Creo que hay aquí un terreno fértil de cooperación entre MOVIMIENTOS y el USFQ_DataHub, tanto para enriquecer el monitoreo en tiempo real como para construir series históricas que permitan el análisis de largo plazo.
El segundo desafío es la operacionalización de las categorías. El glosario define muy bien las dimensiones, pero algunas todavía no se traducen plenamente a categorías medibles con criterios explícitos. El caso más evidente es la intensidad del conflicto: ¿cómo se la codifica con consistencia cuando el analista que procesa los datos en enero no es el mismo que los procesa en marzo? La estandarización de los repertorios enfrenta el mismo problema: ¿qué distingue un plantón de una marcha cuando un evento tiene ambos componentes? Resolver esas preguntas con protocolos de codificación explícitos, replicables y públicos es el paso siguiente para que la base de datos sea verdaderamente auditable.
El tercer desafío atañe a la distinción entre conflictos “en Quito” y conflictos “sobre Quito”, que me parece una de las decisiones analíticas más inteligentes del boletín. Esa distinción, sin embargo, genera una pregunta de operacionalización: ¿cómo se clasifica un conflicto que comienza siendo nacional y luego se territorializa en Quito, o a la inversa? El propio boletín señala que los conflictos no son hechos aislados. Eso implica que la base de eventos individuales debería, en algún momento, complementarse con una base de secuencias o trayectorias de conflicto, que es la unidad natural para rastrear los campos de conflictividad que propone Ramírez Gallegos.
Quiero ser claro: todas estas observaciones son menores frente al aporte sustantivo del trabajo. Es muy probable que el equipo ya las haya resuelto y que sea mi desconocimiento de los protocolos específicos lo que me lleva a plantearlas; y si todavía no se han atendido, seguramente se atenderán pronto. En ningún caso restan mérito a lo realizado.
Qué nos dicen los datos
Sobre la lectura de los datos, lo que más me llama la atención no es el volumen total de 82 eventos ni la curva ascendente de enero a marzo, sino la distribución de los antagonistas. Más del 70 % de los conflictos se dirigen contra el nivel central del Estado, mientras que el alcalde y la administración municipal aparecen en apenas 1 de cada 10. En un contexto de relaciones tensas entre niveles de gobierno, ese dato merece detenimiento.
Un segundo rasgo es que se trata de un conflicto fundamentalmente discursivo. El 42,5 % de los eventos son comunicados, anuncios o denuncias, y en los conflictos sobre Quito esa cifra sube al 63,8 %. Lo que observamos es una disputa por instalar narrativas y hacer visible el agravio antes que por bloquear el funcionamiento físico de la ciudad. Esa evidencia admite dos lecturas. La optimista: los actores todavía confían en que la denuncia pública produce consecuencias, lo que indica cierta fe residual en los mecanismos de rendición de cuentas. La pesimista: la acción directa es escasa porque el miedo a la represión ya opera como disciplinador de los repertorios disponibles.
Algo parecido ocurre con la seguridad. Pese a su centralidad en el debate público, solo explica el 3 % de los conflictos registrados. El dato puede interpretarse de dos maneras opuestas: o la seguridad no genera conflicto porque la ciudadanía está satisfecha con su gestión, o no genera conflicto visible porque el miedo que produce la violencia suprime precisamente las formas de expresión que MOVIMIENTOS puede detectar. La segunda hipótesis me parece más consistente con el contexto actual.
Una infraestructura para decidir en democracia
Lo que MOVIMIENTOS está construyendo es infraestructura para la toma de decisiones en democracia. Se trata de un espacio de articulación entre la producción de conocimiento y la acción pública, y eso lo convierte en un instrumento políticamente relevante en el sentido más preciso del término.
Su utilidad se multiplicará en la medida en que el Laboratorio resuelva los desafíos señalados: ampliar las fuentes de información para reducir el sesgo de selección, estandarizar los protocolos de codificación para garantizar la replicabilidad y avanzar hacia el análisis de secuencias y trayectorias para capturar los campos de conflictividad en su dimensión dinámica, no como fotografías trimestrales sino como películas de largo aliento. La colaboración interinstitucional, como la que puede establecerse con el USFQ_DataHub, ofrece una vía concreta para avanzar en esa dirección.
Termino con una observación. Los datos que presenta este primer boletín podrían no resultar cómodos para ninguno de los niveles de gobierno. Eso, en mi criterio, es la mejor señal de que el Laboratorio está haciendo bien su trabajo.
